Durante la Argentina Week en Francia, el Presidente volvió a prometer un «milagro económico», desestimó la crisis social e intentó llevar tranquilidad al mercado internacional agitando el fantasma del «golpismo» de la oposición.
En el marco de un nuevo viaje al exterior, el presidente Javier Milei encabezó en la ciudad de París la presentación de la Argentina Week frente a banqueros, inversores y una comitiva de gobernadores aliados. Con un discurso marcadamente electoralista y alejado de la compleja realidad cotidiana que se vive en el país, el jefe de Estado volvió a apelar al recurso de la pesada herencia para justificar el severo plan de ajuste que lleva adelante su administración.
Acompañado por el beneplácito del sector financiero, Milei ensayó un encendido mensaje de autocongratulación donde tildó al ministro de Economía, Luis Caputo, como «el mejor de la historia», al tiempo que omitió el impacto de la recesión en los sectores populares y de la clase media. En un intento por blindar la confianza de los mercados ante la proximidad del escenario electoral, el mandatario aseguró contar con «una bazuca» de 75.000 millones de dólares para neutralizar lo que calificó de «intentos desestabilizadores y golpistas», tildando de esa forma cualquier tipo de discrepancia política u oposición a su rumbo económico.
Durante su exposición, el Presidente prometió una arbitraria meta de crecimiento de cara a 2028 y condicionó la ansiada llegada de inversiones a su eventual reelección. En lugar de ofrecer precisiones sobre la recuperación del poder adquisitivo o la generación de empleo, el mandatario centró su intervención en loas a la libertad de mercado, la flexibilización normativa para el sector de la inteligencia artificial y un triunfalismo político que busca consolidar el control legislativo del oficialismo en los próximos comicios.
