En el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, el psicólogo y Secretario General del Colegio de Psicólogos de La Rioja, Mauricio Santucho, reflexionó sobre el abordaje oportuno para derribar mitos, evitar la estigmatización y fortalecer el acompañamiento.
Según un informe publicado en 2025 por la Organización Mundial de la Salud, en promedio 720.000 personas se suicidan cada año en todo el mundo; una cifra que equivale a casi el doble de la población de la provincia de La Rioja. Las personas jóvenes se encuentran entre los grupos más afectados, en la franja etaria de 15 a 29 años, el suicidio constituye la tercera causa de muerte. El mismo organismo señala, además, que las tasas más altas se registran en poblaciones de bajos ingresos.
En términos generales, la tasa anual mundial indica que se consuman en promedio 9 suicidios cada 100.000 habitantes. En la República Argentina, esa cifra asciende a 11,8 cada 100.000 habitantes, es decir, se ubica por encima de la media mundial. En nuestro país, además, la cantidad de suicidios aumentó un 22,6 % en 2025 respecto del año anterior.
Comenzar por cifras y estadísticas puede parecer frío, sobre todo porque hablamos de tragedias humanas. Son hechos que impactan directa e indirectamente en la vida de muchísimas personas. No es lo mismo observarlo de lejos que atravesarlo de cerca, con la vida de un ser querido. Sin embargo, es necesario tomar conciencia de la magnitud del asunto desde el inicio.
¿Quién tiene algo para aportar frente a este problema? Todas las personas. Todos los agentes sociales tenemos al alcance la posibilidad de ayudar a alguien. Para eso, primero, es imprescindible romper con mitos como “quien dice que se va a matar no se mata”, “mientras menos se lo nombre, mejor, porque menos ideas se les da a los jóvenes”, “hay que tener coraje para hacerlo” o “suicidarse es de cobardes”. Esas desatinadas frases (y tantas otras) no aportan nada útil, al contrario, estigmatizan y alejan a quien necesita ayuda.
En cambio, sí podemos hacer otras cosas, mirar a los ojos y escuchar sin prejuicios; mostrar interés genuino por lo que le pasa al otro; decir “yo te ayudo a buscar ayuda profesional” y hacerlo; no minimizar los problemas; no burlarse ni hacer chistes sobre aquello que angustia o preocupa. Muchas veces, acompañar empieza por una presencia atenta, respetuosa y concreta.
El National Institute of Mental Health de Estados Unidos ubica a los trastornos de salud mental como la principal causa asociada al suicidio. Sin embargo, reducir el problema únicamente a esa dimensión ofrece una explicación pobre frente a su complejidad. La pobreza no es un trastorno mental; la falta de contención social no es un trastorno mental; la ausencia del Estado no es un trastorno mental; la falta de oportunidades tampoco lo es. Por eso, en esta región del mundo no deberíamos hacernos eco de definiciones que invisibilizan las condiciones sociales, económicas y políticas que también atraviesan el sufrimiento. Nuestra realidad exige una mirada más amplia: menos prejuicio, habilitar la palabra apostando al lazo social y políticas públicas dirigidas a mejorar las condiciones de vida.
Hablar de suicidio no debe servir para juzgar ni simplificar el dolor ajeno, sino para asumir la responsabilidad de escuchar, acompañar y reconocer el sufrimiento que puede haber detrás de cada situación. No se trata de coraje ni de cobardía.
