Bajo el relato oficial de un éxito «histórico», el INDEC reveló un saldo positivo de US$ 2.523 millones motorizado por la suba de exportaciones primarias y una alarmante caída en el volumen de importaciones para la producción.
Según el organismo oficial, la balanza comercial de marzo arrojó un superávit de US$ 2.523 millones, una cifra que desde los despachos oficiales se califica de «histórica». Sin embargo, al desglosar la letra chica del informe, la euforia libertaria choca de frente con una realidad económica mucho más sombría: el resultado positivo no es producto de una economía pujante, sino de una estructura que se achica.
Si bien las exportaciones alcanzaron un récord nominal de US$ 8.645 millones (un salto del 30,1%), el análisis por cantidades y precios deja al descubierto el deterioro de los términos de intercambio. Mientras el oficialismo se jacta del ingreso de divisas, el propio INDEC reconoce que los precios de nuestras exportaciones cayeron, obligando al país a liquidar mayores volúmenes de recursos para compensar la pérdida de valor internacional, en un modelo que profundiza la primarización de la economía.

La otra cara de la moneda, y quizás la más preocupante para la industria nacional, es el comportamiento de las importaciones. Aunque en términos de facturación subieron apenas un 1,7% (llegando a US$ 6.122 millones), las cantidades importadas sufrieron un desplome del 3,7%. Este dato es el síntoma inequívoco de un mercado interno paralizado y una industria que, ante la recesión y la caída del consumo, ha dejado de demandar insumos y bienes de capital necesarios para producir.
Detrás del «éxito» financiero que el Palacio de Hacienda utiliza para calmar a los mercados, se esconde un modelo de exclusión. El superávit se sostiene sobre un saldo exportador de enclave y una depresión de la demanda doméstica que asfixia a las pymes.
En la Argentina de Milei, los números cierran con la gente afuera y las fábricas trabajando a media máquina, confirmando que el superávit comercial es, hoy por hoy, el triste reflejo de una economía que se está secando.
