Luis tiene cerca de 80 años, vive solo y necesita aplicarse insulina todos los días. Una noche, mientras estaba en su casa, se cayó y se lastimó una muñeca. No era una lesión grave, pero el problema era que no podía hacer fuerza para incorporarse y se acercaba el momento de colocarse su inyección. En la casa no había otra persona que pudiera escucharlo. Había, sin embargo, un dispositivo llamado Ato.
Tenía Ato desde hacía entre seis y ocho meses y lo utilizaba diariamente. A partir de esas interacciones, el sistema tenía como parte de su rutina recordarle todas las noches la medicación. Al iniciar la charla, se dió con un “sí acá estoy, pero me caí y no me puedo levantar” .
A partir de esa respuesta, el dispositivo comenzó a preguntarle qué había ocurrido mientras contactaba a sus hijos. Pasado el tiempo, este episodio llegó a los desarrolladores. “Las palabras específicamente de la familia fueron que Ato le había salvado la vida a Luis”.
Esta herramienta se gestó en Argentina con la capacidad, perseverancia y labor de Gaspar Habif y Juan Cereigido. Se trata de un dispositivo físico diseñado específicamente para adultos mayores que utiliza inteligencia artificial y funciona fundamentalmente mediante conversaciones de voz. En esta nota exclusiva de Agencia de Noticias La Rioja, Gaspar habla desde su rol como CEO y cofundador sobre la transversalidad de la IA con las generaciones más adultas.

¿Cómo explicárselo, entonces, a una persona que jamás utilizó inteligencia artificial? Habif analogiza con que “es como una radio a la cual también le podés hablar y te contesta”. Y si requiere más simpleza, cuenta la definición que encontró su abuela: “Es como tener un enanito que vive dentro del dispositivo que te habla”.
El proyecto dio sus primeros pasos en el país. Incluso la primera preventa de Ato, realizada en mayo luego de un video viral, estuvo dirigida exclusivamente al mercado nacional. Después comenzaron a venderlo internacionalmente y trasladaron sus operaciones a Estados Unidos. “Fue más una cuestión de aceleración”, explicó Habif sobre la decisión. “Creemos que esto puede impactar en la vida de millones de adultos mayores”.
Hoy el equipo está radicado en Estados Unidos y las dificultades del público al que apuntan no tienen límites territoriales. Es una verticalidad de no utilizar pantallas táctiles, no poner a cargar un celular o simplemente no incorporarlos al día a día.
Por eso Ato no tiene pantalla. “Fue una decisión 100% adrede”, explicó. El costo influyó, pero no fue el motivo central. El equipo buscó eliminar pasos y hacer que la mayor cantidad posible de acciones pudieran resolverse hablando y sostuvo que, sobre todo, si el producto no logra incorporarse naturalmente a la vida cotidiana puede terminar olvidado “en un cajón”.
De Argentina para el mundo: su llegada a 26 países
Según el fundador, instalarse en Estados Unidos les permitió acceder con mayor velocidad a capital, proveedores y otros recursos necesarios para escalar el proyecto. Actualmente se puede adquirir en 26 países. “No tenemos muy en claro cómo llegó hasta allá, pero sabemos que está en Nepal, hablando en nepalí”, contó. Ato utiliza modelos de inteligencia artificial capaces de trabajar actualmente con más de 60 idiomas, por lo que la empresa no necesita desarrollar una versión independiente para cada lengua.
En esa primera emergida, la búsqueda de estabilizarse en un mercado, se presenta Mario Pergolini ante ellos. El vínculo comenzó cuando los dos jóvenes encontraron una nota en la que el conductor hablaba de su madre (quien había perdido la visión) y una experiencia con la inteligencia artificial. Empezaron entonces a buscar contactos en común, un intensivo “amigo, novio, hermano de” hasta conseguir una reunión en las oficinas de Pergolini en Colegiales.
Gaspar cuenta que antes de mostrárselo hicieron una adaptación particular. Como Pergolini no utiliza WhatsApp, incorporaron la posibilidad de enviar mensajes de texto. Curiosamente, había sido una modificación dedicada con particularidad para aquella presentación y terminó permaneciendo como una función de Ato.
Luego de varias conversaciones, Pergolini se convirtió en inversor y colaboró muchísimo en la visibilidad del proyecto. Actualmente cuentan con alrededor de 13 inversores individuales y dos fondos estadounidenses.
Hay preguntas obligatorias que surgen, a sabiendas de lo capaz que se vuelve un dispositivo de conversar, recordar rutinas e intervenir ante determinadas situaciones. ¿Cuáles son sus límites? ¿Hasta dónde debería llegar?
Habif asegura que ese dilema apareció incluso antes de comenzar el desarrollo. “No queríamos hacer algo con inteligencia artificial que se terminara convirtiendo en un capítulo de Black Mirror”, recordó.
Hay una interdisciplinariedad fundada con profesionales de gerontología, neurociencias, psicología y establecieron restricciones sobre determinados consejos médicos o situaciones críticas. Ante ciertos escenarios, Ato puede facilitar el contacto con familiares o recomendar recurrir al profesional correspondiente, pero sus creadores no buscan presentarlo como un terapeuta ni como reemplazo de asistencia especializada.
Hay un reconocimiento de los riesgos y sostiene que todavía se trata de una tecnología emergente que necesita continuar perfeccionándose. Pero al mismo tiempo plantea que, “muchas veces es muy injusto hablar de ese tema porque se menciona todas las vidas que quizás no pudo salvar, pero nunca se menciona todas las vidas que sí salvó porque no tenemos ningún número al respecto”.
Entrando mas a lo técnico, el aparato físico atraviesa ciclos de modificación más largos, el software de Ato cambia prácticamente todos los días. El equipo actualiza la aplicación, las funciones del dispositivo y la conexión entre ambos al mismo ritmo en que evolucionan los modelos de inteligencia artificial. Eso también hace difícil imaginar cómo será Ato dentro de cinco años.
Habif incluso contempla que el dispositivo físico pueda dejar de existir tal como se conoce hoy y transformarse en otra cosa, como una aplicación. Lo que pretende conservar es la idea de un ecosistema que conecte al adulto mayor con su familia y al mismo tiempo, le permita mantener autonomía.
Esto trasladó a Gaspar al vínculo con su abuelo, quien vivió hasta los 95 años y le dejó una frase que recuerda todas las mañanas: “a él le hubiera gustado que le estiraran sus 40, en cambio le estiraron sus 80”.
El fundador de Ato encontró en esa verbalidad una forma de pensar el aumento de la expectativa de vida. Vivir más no necesariamente significa conservar durante esos años la misma independencia ni las mismas posibilidades. “Es muy lindo vivir muchos años, pero vivirlos de forma independiente, con las condiciones de una vida plena”, señaló.
En definitiva, detrás de las conversaciones por voz, los modelos capaces de hablar más de 60 idiomas, los inversores y la expansión desde Argentina hacia Estados Unidos, Gaspar Habif vuelve a esa frase cuando tiene que explicar qué espera conseguir con Ato.
“A la gente le están estirando los 80. Nosotros buscamos estirar los 40”.
