El fenómeno climático, potenciado por el calentamiento global, prevé un impacto equivalente al devastador evento de 2015-2016. Especialistas exigen a los gobiernos actuar con urgencia antes de los picos estacionales.
Los modelos meteorológicos proyectan entre un 72% y un 82% de probabilidad de que un evento extremo de El Niño se consolide en los próximos meses y extienda sus efectos hasta principios de 2027. Más de la mitad de las predicciones señalan que la temperatura en la superficie del océano Pacífico superará los 3 °C de anomalía para diciembre de 2026. La investigadora Yasna Silva advierte que no se trata de un fenómeno local, sino de una reorganización de la circulación atmosférica tropical que se verá severamente exacerbada por el cambio climático.
El impacto en la región mostrará un comportamiento geográfico opuesto. Mientras se proyectan lluvias torrenciales e inundaciones en el norte de México, Perú, Ecuador, Chile y Uruguay, zonas como el Corredor Seco centroamericano, el norte de Brasil, Colombia y Venezuela enfrentarán sequías severas.
Esta amenaza llega tras un ciclo 2023-2024 crítico, que dejó la peor epidemia de dengue en la historia regional con un incremento del 600% en los países andinos y del Cono Sur, además de más de 8.400 muertes en exceso por olas de calor. Sobre el dengue existe una paradoja peligrosa: el calor acelera la transmisión del virus, pero la sequía también dispara el riesgo, ya que el desabastecimiento de agua obliga a los hogares a almacenar líquido, multiplicando los criaderos de mosquitos.
Los expertos insisten en que la ventana de acción está abierta ahora, antes de que lleguen los picos estacionales. La respuesta de los gobiernos no debe limitarse a la urgencia, sino integrar la vigilancia climática, la eliminación de criaderos en depósitos y neumáticos, el abastecimiento seguro de agua y la preparación temprana de la red de salud.
