Por Lic. Fleytas Miguel
La Argentina atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia económica moderna. Mientras el gobierno de Javier Milei insiste en mostrar indicadores financieros como supuestos síntomas de recuperación, detrás de los discursos libertarios y las celebraciones artificiales del mercado se esconde una realidad brutal: el país alcanzó una deuda externa histórica de más de 320 mil millones de dólares.
Sí, histórica.
Ni durante la última dictadura militar. Ni en la hiperinflación de Raúl Alfonsín. Ni siquiera en la crisis terminal del 2001 bajo el gobierno de Fernando de la Rúa se había llegado a semejante nivel de endeudamiento externo.
Y lo más alarmante es que gran parte de este modelo económico funciona bajo una lógica peligrosamente repetida en la historia argentina: tomar deuda para pagar deuda.
El ministro de Economía Luis Caputo volvió a salir desesperadamente a buscar dólares en los mercados internacionales, negociando nuevos créditos con bancos extranjeros y organismos financieros para afrontar vencimientos previos. En otras palabras: Argentina no está pagando su deuda con crecimiento genuino, producción o generación de riqueza. Está refinanciando su supervivencia económica con más préstamos.
Una bicicleta financiera a escala nacional.
El Gobierno intenta instalar la idea de que el ajuste brutal “está dando resultados”, pero la calle muestra otra cosa. Mientras los números macroeconómicos son utilizados como propaganda política, millones de argentinos viven asfixiados por una realidad que no pueden sostener.
Hoy, más del 85% de los argentinos y argentinas tiene dificultades para afrontar sus deudas básicas. Tarjetas de crédito explotadas. Familias que no llegan a pagar alquileres. Personas eligiendo entre cargar la SUBE o comprar alimentos. Jubilados que no pueden afrontar medicamentos. Comercios cerrando. Pymes paralizadas. Servicios básicos como luz, agua, gas e internet convertidos en bienes de lujo.
Sin embargo, desde el poder se insiste en construir una ficción económica sostenida por redes sociales, trolls y operaciones mediáticas.
Gaslighting político y económico.
Se le dice constantemente a la sociedad que “todo está mejorando”, mientras la vida cotidiana se derrumba frente a los ojos de millones. Se busca convencer a la población de que el sufrimiento actual es un “sacrificio necesario”, cuando en realidad los únicos sectores que hoy parecen beneficiarse son el capital financiero internacional y los grandes grupos económicos concentrados.
La Argentina de Milei se endeuda cada vez más mientras ajusta cada vez más.
Ese es el núcleo del problema.
Porque el relato libertario prometía terminar con “la casta”, con el déficit y con el sometimiento a los organismos internacionales. Pero la realidad terminó mostrando algo muy distinto: un país nuevamente arrodillado ante el Fondo Monetario Internacional, condicionado por metas fiscales impuestas desde el exterior y dependiendo de nuevos créditos para evitar una crisis cambiaria aún mayor.
La deuda con el FMI ya supera los 57 mil millones de dólares y Argentina continúa siendo el principal deudor del organismo en todo el planeta. A eso se le suman compromisos multimillonarios con bancos internacionales, bonistas privados y organismos multilaterales.
El resultado es un país económicamente atado, socialmente golpeado y políticamente anestesiado por una narrativa que intenta disfrazar ajuste con épica.
La historia argentina ya mostró demasiadas veces cómo terminan estos modelos financieros sostenidos artificialmente: crecimiento de la pobreza, destrucción del mercado interno, pérdida de soberanía económica y crisis sociales profundas.
La gran pregunta es cuánto tiempo más podrá sostenerse esta realidad paralela antes de que el peso de la deuda y el deterioro social termine explotando sobre la vida cotidiana de millones de argentinos.
Porque mientras el Gobierno celebra números de Wall Street, en la Argentina real cada vez hay más gente endeudada para comer.
