Opinión | Por Lic Mauricio Guerrero
Dice el Presidente, en ese tono de profeta del resentimiento que tanto le gusta cultivar, que la gente no odia lo suficiente a los periodistas. Se equivoca, como casi siempre que intenta leer el termómetro social desde la burbuja de la red social X. El problema no es el odio, sino la utilidad. Milei no odia al periodismo; lo necesita como el aire para respirar o, mejor dicho, como el humo para ocultar el incendio.
La reciente decisión de clausurar la sala de prensa de la Casa Rosada y dar de baja las acreditaciones de sesenta profesionales no es un acto de defensa ante un supuesto «espionaje ilegal», como intenta vender la narrativa oficial. Es, en realidad, un torniquete mediático aplicado de urgencia. La agenda del Gobierno entró en una espiral de degradación el pasado 9 de marzo, cuando la fastuosa vida de Manuel Adorni —viajes familiares con fondos difusos, vuelos privados a Punta del Este y paseos oficiales por Nueva York para «deslomarse»— rompió el cristal de la austeridad libertaria. Desde entonces, el oficialismo ha perdido el control de la conversación pública.
Cuando los datos de la economía no cierran y los escándalos de corrupción en áreas como Andis o la trama de Libra empiezan a asomar la cabeza, el manual de supervivencia populista indica que hay que fabricar un enemigo. Milei comprendió rápido que el concepto de «la casta» ya no le sirve para diferenciarse: cuando tu entorno empieza a viajar en jet privado y a nombrar parientes en el Estado, la distinción estética entre lo nuevo y lo viejo desaparece. Para la opinión pública, según marcan las encuestas de este abril, Milei y los suyos ya entraron en la misma bolsa de aquello que vinieron a destruir. Ante la caída estrepitosa de su imagen positiva, el Presidente decidió que, si ya no puede ser el héroe contra los políticos, será el mártir contra los «sicarios con credencial».
El ataque sistemático que se profundizó hace veinte días con insultos y calificaciones de «asociación ilícita» para con los medios es una maniobra de distracción deliberada. El objetivo es que discutamos el cierre de una sala de prensa y no el patrimonio de Adorni; que nos indignemos por un posteo agresivo y no por una crisis económica que ya no se puede tapar con planillas de Excel.
El cierre de Balcarce 50 a la prensa acreditada es el símbolo de un Gobierno que se siente observado y, por primera vez, igualado a sus predecesores en las formas más rancias del ejercicio del poder. Milei necesita al periodismo en el papel de antagonista porque es el único espejo que todavía le devuelve una imagen de rebeldía, aunque esa rebeldía sea hoy un simple berrinche para evitar dar explicaciones. No es odio, es una estrategia de supervivencia: si no hay periodistas a los que insultar, el Presidente se queda solo frente a los números de la realidad, y esos son mucho más crueles que cualquier pregunta de pasillo.
