Lautaro Rodríguez Blanco es paleoartista y escultor especializado en reconstruir animales prehistóricos. Trabajó en distintas piezas vinculadas con la paleontología riojana, entre ellas la icónica escultura gigante que actualmente puede verse en el Paseo Cultural. En diálogo con Agencia de Noticias La Rioja, habló sobre cómo reconstruir un animal que nadie vio, el punto de intersección entre arte y ciencia, los gajes del oficio y mucho más.
El paleoarte es una disciplina artística estrechamente vinculada con la paleontología que busca representar formas de vida del pasado. Es inevitable no sintonizar, no caer comúnmente en la gran pregunta inicial: ¿Cómo se ve un animal que nadie vio con vida?
Cuando se trata de especies extintas los artistas trabajan con restos fósiles, estudios anatómicos, animales actuales, una cuota inevitable de interpretación y Lautaro se dedica precisamente a esa tarea.
Sin embargo, su trabajo no se limita a los prehistóricos. “A mí me gusta definirme más como escultor porque hago un poco de todo. No solo hago animales prehistóricos, sino que también me enfoco en animales modernos. Entonces soy más escultor de vida silvestre, de animales, de fauna pero dentro de lo que es la paleontología sí soy paleoartista”.
No deja de ser una realidad que para la elaboración de animales modernos, hay un amplio catálogo y registro visual que permite recrear con menos dificultad pero, cuando la complejidad aparece, el primer paso consiste en estudiar el material disponible del animal: sus huesos, proporciones y características anatómicas. Cuando el registro fósil está incompleto, los paleoartistas recurren también a especies cercanas y a la anatomía comparada con animales actuales.
En un dinosaurio, por ejemplo, no existe un equivalente moderno que permita observar directamente cómo se distribuían sus músculos. Por eso se estudian las inserciones musculares conservadas en los huesos y se comparan estructuras con otros animales. “Tenés que trabajar con lo que se llama anatomía comparada, que es ir comparando los análogos, las partes de la estructura del cuerpo que funcionan de la misma manera o de una manera parecida en animales modernos”, explicó Lautaro. “Si vas a hacer un tigre dientes de sable, lo comparás con un león o con un tigre”.
Con los primeros vistazos de esta especialidad podría surgir la idea de que el paleoartista tiene poco margen para crear. Si la reconstrucción debe respetar la anatomía y la evidencia fósil, ¿Es una disciplina que habilite la creatividad como otras áreas artísticas? ¿Cuánto queda realmente para el artista? ¿Cómo se diferencian las improntas entre sí? Ante la lluvia de dudas, su respuesta fue una sola y muy clara. “Si te ponés a mirar obras de distintos ilustradores o escultores que trabajan así con animales prehistóricos, vas a ver que cada uno tiene un estilo súper marcado”. Y sumó:
“Vos podés representar más o menos la anatomía, del animal. Pero después, ¿cómo se ve el color, la piel, la textura que tendría? Todo eso hay muy poca evidencia. Somos artistas, pero a la vez tenemos mucho contenido científico que aplicamos en nuestra obra”.
Los dinosaurios riojanos
Era inevitable que la entrevista no deslice por un rumbo hacia la provincia, dada la riqueza paleontológica y los últimos hallazgos riojanos que dieron vuelta el mundo. Uno de los ejemplos más recientes es el Huayracursor jaguensis, descubierto en la Precordillera riojana, a más de 3.000 metros de altura. El dinosaurio vivió hace aproximadamente 230 millones de años y su hallazgo fue publicado en la revista Nature.
Según cuenta Lautaro, tuvo la posibilidad de trabajar directamente en La Rioja junto a un equipo que entre ellos se encontraba Jorge González, a quien define como “un valioso artista de la Argentina” y también como uno de sus mentores. Juntos realizaron diferentes esculturas destinadas a espacios vinculados con la divulgación paleontológica. “Hicimos varias esculturas para algunos centros de allá de La Rioja. Por ejemplo, para el Paseo Cultural, armamos gran parte de la exhibición”, relató.
Entre esos trabajos se encuentra el gran dinosaurio ubicado actualmente en el exterior del Paseo, el transitado día a día por los riojanos. Lautaro recuerda que fue uno de los últimos trabajos que realizaron para la provincia e incluso revela que él estuvo a cargo del modelado de toda la cabeza. La pieza fue realizada por un equipo de trabajo de siete personas y, según recordó, llevó un mes exacto de producción. Para un proyecto de esas dimensiones, se trató de un plazo excepcionalmente corto. “Un tiempo más razonable o menos apuro podrían ser dos o tres meses fácil de realización”, explicó.
Durante una de sus estadías pudo conocer el Parque de los Dinosaurios en Sanagasta, donde se encontraban realizando trabajos de restauración. “A mí lo que más me sorprendió fue la formación donde están los huevos de los dinosaurios. Me parece increíble, tienen ahí como los nidos, como si el ecosistema quedase congelado en el tiempo”.
Su vínculo con la provincia también tiene como conector al Huayracursor, el pequeño dinosaurio de cuello largo descubierto en la Precordillera riojana y presentado oficialmente en 2025. La especie, que vivió durante el Triásico Tardío, es considerada uno de los dinosaurios más antiguos conocidos y su descubrimiento amplió el conocimiento sobre los ecosistemas en los que vivieron los primeros dinosaurios. “Tuvimos la suerte de trabajar con ese, hicimos una reconstrucción en vida que ahora está en el Museo de Ciencias Naturales acá en Buenos Aires” contó.
Una reconstrucción puede demandar desde semanas hasta prácticamente un año, dependiendo de qué se quiera producir y del nivel de complejidad. Lautaro trabaja principalmente con piezas tridimensionales, tanto de manera digital como mediante escultura tradicional. Incluso un modelo 3D puede convertirse posteriormente en una ilustración o una imagen digital.
¿Quién encarga un dinosaurio?
El lado más curioso de esta disciplina es cómo responde a una demanda variada y hasta sorprendente. Si bien el destino natural de estas obras son los museos y las exposiciones -por ejemplo, actualmente Lautaro desarrolla piezas para la Fundación Azara-, el mercado trasciende a un circuito internacional conformado por la industria del entretenimiento. «He trabajado para clientes de otros países, como empresas de videojuegos o figuras coleccionables en China», reveló. Así, un esqueleto diseñado en Buenos Aires puede terminar producido en masa en la otra punta del mundo.
Hoy, Lautaro observa cómo esta profesión -que hace dos décadas se contaba a los especialistas con los dedos de una mano- empieza a atraer a decenas de jóvenes que ingresan desde distintos campos, especialmente desde el arte digital y la ilustración. Y a diferencia de lo que podría suponerse, él no comenzó estudiando paleontología.
«Mi camino puntual fue estudiar Bellas Artes» y explicó que, aunque muchos colegas hacen el recorrido inverso, él sostiene que la anatomía o la paleontología se pueden adquirir leyendo e investigando, pero la técnica creativa se forja en el aula. «La experiencia de ir a un taller y compartir con profesores es lo que más herramientas te da a la hora de trabajar», aseguró. “Ser autodidacta, anotarte a un colegio o facultad de arte, ir a cursos de dibujo, pintura, escultura. Lo que te guste, pero empezar a formarte en lo que es arte”.
Ante la aparición de la inteligencia artificial que insinúa y para muchos ya afirma su total inserción en el espacio laboral, él la da por desterrada. “No la siento como una herramienta, sino como algo que directamente reemplaza lo que uno hace”, dijo. Si eligió dedicarse al arte es porque disfruta del proceso de crear, y deja de sentirlo si la opción es delegar completamente a una herramienta automatizada. En un mundo cada vez más sintético, su rebeldía es profundamente humana: «Me dedico al arte porque me gusta hacer arte. No quiero que me lo haga la IA, lo quiero hacer yo».
