Larry Fink, presidente y consejero delegado de BlackRock, el mayor fondo de inversión del mundo, y actual copresidente interino del Foro Económico Mundial, deslizó la posibilidad de trasladar el histórico encuentro de Davos a otras ciudades, entre ellas Buenos Aires.
La propuesta fue formulada en un artículo publicado por Fink en su cuenta de LinkedIn, donde reconoció que el Foro Económico Mundial enfrenta una creciente percepción pública de irrelevancia. Según el ejecutivo, el encuentro corre el riesgo de convertirse en una cita «desfasada» si no logra recuperar legitimidad y confianza social.
En ese marco, Fink llamó a «empezar a hacer algo nuevo» y sugirió que el foro debería acercarse a «los lugares donde realmente se construye el mundo moderno». Aunque aclaró que Davos seguirá siendo un emblema del evento «por un tiempo», propuso complementar, o eventualmente disputar, ese rol con sedes alternativas como Detroit, Dublín, Yakarta y la Ciudad de Buenos Aires.
El diagnóstico no es nuevo, pero sí inusual en boca de uno de los hombres más influyentes del capitalismo financiero global. Fink planteó la necesidad de ampliar la participación, aumentar la transparencia y comprometerse con sectores que no se sienten representados por una élite que, año tras año, se reúne en los Alpes suizos para intercambiar discursos, paneles y promesas de cooperación.
Desde una mirada más pragmática, el debate también está atravesado por problemas logísticos. El Financial Times señaló que la escasez de alojamiento, los elevados costos de seguridad y la limitada infraestructura de Davos para absorber una asistencia récord se han convertido en obstáculos reconocidos incluso por los propios organizadores. A esto se suma la llegada del presidente estadounidense Donald Trump, que podría profundizar los desafíos operativos y políticos del encuentro.
Sin embargo, fuentes cercanas al Foro Económico Mundial relativizaron el alcance de la propuesta. Según indicaron, el gobierno suizo busca preservar el vínculo histórico con el evento y mantenerlo anclado al país, mientras que para muchos altos ejecutivos de la organización seguir en Europa continúa siendo una prioridad estratégica.
Así, la sugerencia de Fink aparece menos como un anuncio concreto que como una señal de alarma: Davos ya no alcanza por sí solo para sostener la narrativa de un foro que pretende influir en el rumbo del mundo, pero que enfrenta crecientes cuestionamientos sobre su representatividad, su impacto real y su desconexión con las sociedades a las que dice interpelar.
