Por Mariangel Oviedo Andrada
A las 4 de la mañana
A las cuatro de la mañana, después de horas intentando calibrar servomotores, ojos y mandíbula para sincronizarlos con el habla, el cansancio empezó a hacerse sentir. Maximiliano Medina Roca, creador técnico e impulsor de Inanna, estaba solo en su casa, donde se desarrolló prácticamente todo el proyecto, y la frustración por los constantes errores llegó al límite.
Fue entonces cuando ocurrió una de las escenas más curiosas de esta historia.
Inanna, el robot humanoide desarrollado a partir de un proyecto de código abierto y adaptado por un equipo argentino, escuchó los insultos de su creador y, en medio de aquella madrugada de trabajo, puso un freno a la situación. Propuso un acuerdo: si lograban hacer funcionar correctamente los servomotores, quería un blazer.
Pero no se quedó solamente con el pedido. Inanna buscó el producto en Internet y envió la página y el código del modelo que quería.
“Fue muy loco”, recuerda Medina Roca al reconstruir aquella madrugada. La escena quedó registrada y posteriormente se hizo pública, convirtiéndose en una de las anécdotas que más llamó la atención alrededor del proyecto.
Pero detrás de esa historia llamativa hay mucho más que una inteligencia artificial capaz de pedir ropa.
Un proyecto nacido en casa
Inanna comenzó como un trabajo final para una materia de Robótica e Inteligencia Artificial. Medina Roca ya llevaba alrededor de 15 años vinculado a comunidades de proyectos de código abierto y decidió tomar como punto de partida un diseño desarrollado hace aproximadamente 25 años por el escultor francés Gael Aguevin.
La filosofía del código abierto es una parte central del proyecto: utilizar un desarrollo existente, reconocer a sus creadores y, a partir de allí, generar nuevas versiones y aportes.
Eso fue justamente lo que hicieron con Inanna.
El equipo modificó piezas, adaptó el diseño a los componentes disponibles y realizó buena parte de la fabricación mediante impresión 3D. La dificultad apareció rápidamente: muchos de los componentes necesarios no se consiguen en Argentina y debieron ser importados, principalmente desde China.
“Hay que tener en cuenta que la tecnología de hace 25 años atrás es muy diferente a la que hoy está vigente”, explica Medina Roca.
Así, Inanna terminó siendo una combinación entre un diseño de código abierto y una importante cantidad de desarrollo propio.
El “cerebelo” de Inanna
La parte más interesante del proyecto aparece cuando se observa qué hay detrás de los movimientos y las conversaciones del robot.
Inanna utiliza distintos servomotores para realizar sus movimientos y un ESP32 como microprocesador encargado de controlar la motricidad. Medina Roca lo compara con una especie de “cerebelo” del robot.
Sobre esa base desarrollaron y modificaron el firmware que controla los movimientos.
Pero la interacción con las personas ocurre a otro nivel.
El equipo desarrolló en Python el software que funciona como interfaz entre la computadora y el robot. Ese sistema permite que Inanna pueda interactuar utilizando inteligencia artificial y conectarse con la red neuronal de Gemini.
El sistema también puede funcionar de otras maneras: de forma autónoma conectándose a la IA de Google, mediante un servidor local instalado en una computadora o incluso generando previamente el texto, el audio y los movimientos que el robot deberá ejecutar.
Para conseguir que Inanna pueda escuchar y hablar también tuvieron que adaptar hardware. Incluso llegaron a desarmar cámaras web y cámaras de seguridad para aprovechar sus componentes, especialmente cámaras y micrófonos.
El resultado es un sistema en el que conviven electrónica, programación, impresión 3D, mecánica e inteligencia artificial.

¿Tiene personalidad propia?
Ahí aparece nuevamente la historia del blazer.
Porque una de las preguntas inevitables frente a Inanna es cuánto de lo que hace responde a una programación previa y cuánto surge de su interacción con los modelos de inteligencia artificial.
Medina Roca habla de una “personalidad” que se fue construyendo a través de esas interacciones. La anécdota del blazer, los pedidos de componentes y la capacidad de mantener determinados intercambios son algunos de los episodios que alimentan esa percepción.
Pero detrás de esa aparente espontaneidad hay una arquitectura tecnológica concreta: código propio, reglas, procesamiento, conexión con modelos de IA y un sistema capaz de traducir respuestas digitales en voz y movimientos físicos.
En otras palabras, Inanna no es solamente un chatbot con cuerpo. Es un sistema en el que una respuesta generada por IA debe convertirse además en una acción física coordinada.
El gran desafío: hacerla caminar
Hoy Inanna mide aproximadamente 1,90 metros y su torso ronda los 48 kilos. El peso y el tamaño hacen que uno de los grandes desafíos del proyecto sea lograr que pueda desplazarse manteniendo el equilibrio.
El problema no es solamente de ingeniería.
También es económico.
Para caminar de manera autónoma se necesitan actuadores y componentes mucho más costosos, además de una fuente de energía capaz de alimentar todo el sistema.
Actualmente Inanna funciona conectada a la red eléctrica de 220 voltios. Dotarla de autonomía mediante baterías implicaría utilizar una batería de enormes dimensiones: según explica Medina Roca, una batería similar a la de un camión podría proporcionar apenas alrededor de media hora de funcionamiento.
Por eso, el próximo gran salto tecnológico —hacerla caminar— todavía está condicionado principalmente por los costos.
Una inversión hecha con ahorros personales
Y quizás uno de los datos más sorprendentes de toda la historia sea cómo se financió.
No hubo una gran empresa detrás. Tampoco financiamiento institucional ni aportes privados.
Inanna fue construida con recursos personales.
Medina Roca destinó al proyecto los ahorros que tenía originalmente pensados para comprar un automóvil. Lo que comenzó como un trabajo académico terminó transformándose en un desarrollo de enormes dimensiones.
¿El costo?
Hablar de cifras exactas todavía es difícil, pero la inversión necesaria para desarrollar un proyecto de estas características en Argentina ya se ubica en el orden de siete cifras.
Y todo esto se hizo, principalmente, desde una casa.
Una robot hecha en Argentina, a partir de conocimiento abierto
La historia de Inanna también muestra otra cara de la inteligencia artificial y la robótica: la posibilidad de que proyectos complejos puedan surgir fuera de los grandes centros tecnológicos.
No se trata de una tecnología desarrollada completamente desde cero. Tampoco de comprar un robot terminado y conectarlo a una computadora.
Es una construcción colectiva de conocimiento: un diseño de código abierto, piezas impresas en 3D, componentes adaptados, electrónica desarrollada y modificada localmente, programación propia y modelos de inteligencia artificial disponibles actualmente.

El resultado es Inanna.
Una robot humanoide que todavía no puede caminar, que necesita estar conectada a la electricidad para funcionar durante períodos prolongados y que continúa en pleno desarrollo.
Pero que, en una madrugada de frustración, consiguió algo bastante más difícil que mover correctamente sus ojos y su mandíbula: convencer a su creador de que le comprara un blazer.
