En medio de un aumento récord de la morosidad en familias, el presidente Javier Milei eligió una insólita explicación para afirmar que el endeudamiento era por la compra de televisores para ver el Mundial. La respuesta no tardó en llegar desde la CAME, que ubicó el verdadero origen del problema en la pérdida de poder adquisitivo de los hogares y las deudas se registran para alimentos y medicamentos.
El nivel de endeudamiento de las familias argentinas volvió a quedar en el centro de la escena, no tanto por los números —que ya eran preocupantes— sino por la explicación que ensayó el propio presidente Javier Milei para justificarlos. Durante su discurso por el 142° aniversario de la Bolsa de Comercio de Rosario, el mandatario relacionó buena parte del incremento de la morosidad con la compra de televisores para ver el Mundial: «Se compraron televisores para ver el Mundial y después veían si pagaban o no», disparó, entre risas del auditorio.
La frase, lejos de cerrar el debate, lo reabrió con fuerza. Según coincidieron distintos medios que reconstruyeron el discurso, Milei fue más allá y calificó de «operetas» la preocupación por la morosidad, acusó a «periodistas corruptos, ensobrados» de instalar el tema, y remató con una frase que ya es marca registrada de su gestión: nadie les puso un arma en la cabeza a quienes se endeudaron. El propio Presidente reconoció, sin advertir la contradicción, que la mora en ese segmento de consumo llega al 50%.
Desde la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME), la respuesta fue contundente y desmintió el diagnóstico presidencial. Salvador Femenía, vocero de la entidad, ubicó el origen del fenómeno en la caída del poder adquisitivo y no en decisiones de consumo caprichosas.
Según su lectura, el crédito dejó de ser una herramienta para acceder a bienes de mayor valor y pasó a usarse para cubrir gastos cotidianos: alimentos, calzado, indumentaria. La CAME describió además un cambio en los hábitos de compra, con consumidores que migran hacia segundas, terceras y hasta cuartas marcas, y que reducen la cantidad de productos por visita al comercio —incluso entre trabajadores con ingresos superiores al millón de pesos, golpeados por el peso de alquileres y tarifas.
Los datos del Banco Central respaldan la lectura crítica: la morosidad de los créditos a las familias se mantiene en torno al 12,8%, con una leve baja en tarjetas pero un aumento en los préstamos personales, justamente la línea que más se usa para gastos de subsistencia. Un informe económico difundido en paralelo agrega otro dato que contradice la versión oficial: tras 19 meses consecutivos de subas, el incumplimiento del sector privado tocó en mayo un máximo del 7,6%, muy anterior al inicio del Mundial.
El cruce expone algo más que una diferencia de diagnóstico. Mientras el Gobierno insiste en despegar su gestión de las causas del endeudamiento y apunta a la «responsabilidad individual» de quienes se financiaron, el sector empresario advierte que el fenómeno es estructural y está directamente vinculado con salarios que no alcanzan a cubrir lo básico. La discusión, lejos de ser semántica, define dos maneras opuestas de leer la economía real: una que la reduce a una anécdota sobre televisores y el Mundial, y otra que la mide en el mostrador, con familias que hoy pagan la comida en cuotas.
