Opinión | Por Mauricio Santucho
Se viene una nueva contienda electoral y consigo arrastra, como ya es costumbre, cruces de insultos y denigraciones en redes sociales y en otros ámbitos. El odio es inherente a la raza humana, la única capaz de ejercer la brutalidad por decisión y placer. Lógicamente no toda persona decide hacerlo. El terreno social se mudó a las redes y con ellos caen los velos. Esa brutalidad que en otras épocas existía de manera solapada hoy se “viraliza” como parte de la vida cotidiana, allanando un terreno de opciones para quienes saben hacer de ella una industria, vamos a decir “industria de la desensibilización”. Llamarla industria de la desensibilización no es una exageración retórica. Toda industria necesita materia prima, productores, consumidores y canales de distribución. La materia prima es el semejante reducido a objeto para su desprecio o eliminación simbólica. Los productores, quienes descubren que el sadismo convoca, retiene y fideliza. Los consumidores, aquellos que creemos mirar desde afuera, pero permanecemos ahí. Las redes sociales, canalizan el producto censurando según el emisor. El propósito de esta maquinaria ya es patente: cometer los más aberrantes actos contra seres humanos sin necesidad de ocultarlos, o lo que es peor, esbozando una mueca en el espectador.
Frente al odio, la decisión es tajante y no hay matices: se aprueba o se rechaza. La tibieza es la vieja escuela, es adherir solapadamente. La discusión menos visible es ¿qué modelo de mundo queremos? ¿por qué ciertas brutalidades encuentran condiciones sociales para volverse deseables? Si optamos por la instauración de la crueldad, deberá firmarse el consentimiento de que nadie está exento de sufrirla en alguna de sus formas. Para ser conscientes de esto solo alcanza con ver que las garantías han desaparecido.
Cuando una sociedad premia la humillación, la injuria y la exposición del otro como un resto descartable, algo de su sensibilidad colectiva se ha roto y la repetición anestesia. Pero en general sucede que hay prójimos y prójimos. Aquel con el que se puede experimentar similitudes y simpatías y ese otro que parece enemigo, aunque resulta que este segundo tiene más de familiar de lo que a priori se cree.
La indiferencia es una posición subjetiva, activa y política. Es la eficacia resultante de divide y reinarás, o dicho más acorde a los tiempos actuales: ensimisma y reinarás. Es en el claustro personalísimo donde sólo hay lugar para una nueva entidad omnipresente, el algoritmo. Esa cosa de la que todos creemos saber algo pero que en realidad parece que sabe todo de nosotros. Esos contenidos que el algoritmo ansía por mostrarnos van ganándole terreno al espacio compartido con otros de carne y hueso. Pero no son solo carne y hueso, también sienten y piensan, ahí yace la cuestión. ¿Qué pasa cuando piensa o siente distinto? El algoritmo no incomoda, no demanda el esfuerzo por comprender nada, todo lo contrario, ofrece inyecciones de placer mientras los minutos se consumen. ¿Qué o quién se consume? Por un lado, se consumen aquellos que se ofrecen a la escena de esta industria habiendo entendido que el hate es una estrategia eficaz de marketing gracias a Don Algoritmo, ridiculizándose para el insulto y así llegar a más clientes. También se consumen los cuerpos de mujeres, desde adolescentes hasta +60 puestos a disposición de una multitud sin rostro que no reconoce límites.
Por otro lado, también se consumen frases crueles que circulan mejor que los argumentos. Pasan a ser un mecanismo de producción de sentido, de procesamiento de la realidad. El hate es rentable pues el algoritmo hace su trabajo. El engagement no fue un descubrimiento fortuito, fue el resultado de investigaciones con neurocioencias y psicología de la conducta.
Nos asomamos a un nuevo proceso electoral con la sensibilidad anestesiada y la conversación pública reducida a violencia verbal. Cuando el hate cotiza más que el argumento y el aislamiento digital nos vuelve indiferentes ante el dolor ajeno, la democracia se vacía de su sustancia más elemental: el reconocimiento del otro. Romper el hechizo del algoritmo y negarnos a ser consumidores complacientes de esta industria podría ser una opción.
