Hace exactamente un año, el 21 de abril de 2025, el mundo amaneció con un vacío que las campanas de San Pedro no tardaron en confirmar. Jorge Mario Bergoglio, el hombre que bajó de los altares de mármol para caminar entre la gente, partía a los 88 años. Hoy, en este primer aniversario de su fallecimiento, las calles de Roma y las barriadas de su amada Argentina no lo recuerdan con el bronce frío de los monumentos, sino con la calidez de su legado más humano: la cultura del encuentro.
En la Casa Santa Marta, el lugar que eligió para vivir lejos del aislamiento de los palacios apostólicos, el silencio es hoy diferente. Ya no se escucha el arrastrar de sus zapatos negros, esos que se negó a cambiar por los rojos protocolares, ni su saludo simple de cada mañana. Sin embargo, su sucesor, León XIV, ha sido el primero en recordar que Francisco no se fue del todo. «Sus gestos permanecen grabados en nuestros corazones», expresó el actual Pontífice, quien hoy continúa la obra de un hombre que prefirió una Iglesia «accidentada por salir a la calle» antes que una «enferma por el encierro».
El homenaje principal tuvo lugar en la Basílica de Santa María la Mayor. Fue allí, ante la imagen de la Salus Populi Romani, donde Francisco rezó 126 veces y donde hoy descansan sus restos por deseo propio. Una sencilla placa de bronce recuerda su devoción mariana, pero el verdadero tributo lo rindieron los miles de fieles que, con un rosario en mano y lágrimas en los ojos, hicieron fila para tocar el mármol de su tumba.
Lo que hizo a Francisco diferente no fueron sus encíclicas, sino su capacidad de mirar a los ojos. En las periferias de Buenos Aires, donde su nombre aún se pronuncia con la familiaridad de un vecino, se organizaron misas y caravanas. Para muchos, Bergoglio no fue solo un Papa; fue el que lavó los pies a los presos, el que abrazó al enfermo de neurofibromatosis y el que hizo de la «Misericordia» una palabra de uso cotidiano.
«Nos enseñó que nadie es descartable», comentaba esta mañana una mujer en la Plaza de Mayo, sosteniendo una foto ajada de aquel marzo de 2013 cuando el mundo supo que el nuevo Papa venía «del fin del mundo».
A 365 días de aquel 21 de abril, la figura de Francisco se agiganta. Su lucha por la «Casa Común» y su insistencia en la fraternidad universal resuenan con más fuerza en un mundo que aún lidia con la fragmentación.
Hoy no se conmemora solo la muerte de un líder religioso, sino el nacimiento de una memoria colectiva. Francisco dejó una silla vacía, pero también un mapa trazado con gestos de ternura. En cada plato de comida compartido en un comedor comunitario, en cada abrazo a un refugiado y en cada oración por la paz, el Papa argentino sigue presente, recordándonos que, al final del día, lo único que queda es lo que hayamos hecho por el otro.
