La marca de galletitas abandonó la gestión directa de su fábrica en Albardón para tercerizar la producción. Aunque se garantizó la continuidad de los 290 empleos bajo un nuevo inversor, el movimiento expone la crisis de una firma golpeada por deudas y la recesión.
Tras años de inestabilidad financiera y el cierre de su planta en Chascomús, Tía Maruca cedió el control de su unidad productiva en San Juan al empresario Juan Carlos Crovela. Bajo este nuevo esquema, la marca dejará de fabricar por cuenta propia para adoptar el modelo «a façón», encomendando la elaboración de sus productos a terceros.
La medida refleja la fragilidad de una empresa que, pese a ser líder en su segmento, debió vender parte de su capital al grupo Argensun Foods para intentar sanear sus cuentas.
Desde el gobierno provincial, el ministro de Producción, Gustavo Fernández, aclaró que la fábrica seguirá operativa con otras marcas y que el nuevo inversor ya regularizó los salarios y aguinaldos adeudados.
Sin embargo, el retiro de Tía Maruca de la gestión directa es un síntoma del complejo escenario que atraviesa la industria alimenticia, donde el aumento de costos y la caída del consumo fuerzan a las empresas a reducir sus estructuras para sobrevivir.
Aunque la continuidad de los casi 300 puestos de trabajo en Albardón trae un alivio temporal, la situación de la firma es un espejo del retroceso industrial.
Lo que en 2017 se proyectaba como un polo de crecimiento para marcas como Toddy o Dale, hoy se transforma en una planta de servicios para terceros, evidenciando un modelo económico que empuja a las empresas tradicionales a desprenderse de sus activos estratégicos.
