Mientras el Gobierno insiste con un relato de recuperación, los datos del INDEC confirman el caída: la industria operó a apenas el 54,6% de su potencial en febrero, profundizando la recesión y el fantasma del desempleo.
Según el último informe del INDEC, la utilización de la capacidad instalada industrial se desplomó al 54,6% en febrero de 2026, una caída de cuatro puntos porcentuales respecto al mismo mes del año anterior. Detrás de la frialdad de los números se esconde una realidad alarmante: casi la mitad de la maquinaria del país está apagada, víctima de un mercado interno asfixiado y una apertura de importaciones que castiga al productor local.
El desplome es transversal, pero ensañado con sectores clave que generan empleo genuino. El caso de la metalmecánica (excluyendo automotores) es dramático: apenas utilizó el 33,9% de sus recursos, derrumbándose desde el 44,0% que registraba en 2025. El organismo oficial vincula este desastre directamente con el parate en la fabricación de maquinaria agropecuaria y electrodomésticos, que registran caídas en la producción cercanas al 38%. Si el campo y el consumo hogareño no compran, la industria simplemente deja de latir.
La industria automotriz tampoco escapa a la lógica del ajuste. Con una utilización de apenas el 38,9%, lejos del 54,6% del año pasado, las terminales locales operan al mínimo de su capacidad ante el desplome de la demanda. Lo mismo ocurre en el sector de alimentos y bebidas, donde la molienda de oleaginosas cayó un 21,9% y la producción de carne vacuna retrocedió un 8,2%. Ni siquiera la mesa de los argentinos parece ser una prioridad para un esquema económico que prioriza la planilla de Excel por sobre la actividad productiva.
Incluso los sectores que aparecen «por encima» de la media reflejan la reprimarización de la economía que impulsa la gestión de Javier Milei. Mientras la refinación de petróleo brilla con un 88,9% de operatividad gracias a la exportación de crudo, las industrias que transforman materia prima en valor agregado, como las metálicas básicas o el caucho y plástico, siguen perdiendo terreno mes a mes.
Este indicador, que releva a más de 600 empresas, no es solo una estadística: es el termómetro de una Argentina que se encoge. Con una capacidad instalada que apenas supera la mitad de su potencial, el riesgo de que el «parate» se convierta en cierres definitivos y despidos masivos es hoy una amenaza latente que el Ministerio de Economía parece ignorar en su afán por alcanzar el superávit a cualquier costo.
