Una carta, un chocolate y 42 años después

Por la incansable búsqueda y el compromiso de Carolina Sá, nadadora de aguas frías y embajadora de la causa Malvinas, se produjo un emotivo reencuentro entre un excombatiente y la niña que le escribió una carta durante la guerra. La historia tuvo lugar en La Rioja y conmovió a todos.

“Yo soy riojana, porque uno es de la tierra que elige vivir y morir”, dijo Carolina Sá al comenzar la entrevista con Radio La Torre.
Ella no solo representa con orgullo a Chamical como nadadora de aguas frías, sino que también lleva consigo una bandera argentina de 16 metros y un compromiso indeclinable con los veteranos de Malvinas.

En una competencia en Jujuy, se acercó a ella un hombre grande, tímido. Se trataba de Orlando Nievas, excombatiente, quien entre lágrimas le pidió ayuda para cumplir un deseo: reencontrarse con Analía López, la niña que durante la guerra le envió una carta escondida en un chocolate. Esa carta, dice Orlando, “le devolvió las ganas de vivir” cuando estaba al borde del colapso emocional y físico en las islas.

Carolina aceptó la misión. Volvió a Córdoba mes a mes, pegó carteles, habló con vecinos, resistió lluvias y el cansancio. Hasta que una noche, a las 12:30, recibió el mensaje: “Soy yo. Analía.”

El milagro fue posible: después de 42 años, se reencontraron en la residencia del gobernador de la provincia Ricardo Quintela. Llantos, abrazos, silencio y emoción: no hay palabras para describir ese momento que los unió en una escena digna de una película.

“A Orlando lo trajimos engañado con un homenaje. Ella ya sabía todo. Fue un encuentro que no voy a olvidar nunca. Malvinas es un sentimiento, pero también es una herida abierta”, confesó Sá.

Y esta no es la única historia que unió. También logró reencontrar a otros excombatientes después de décadas de separación. Carolina no solo nada en aguas heladas: nada entre recuerdos, heridas y esperanzas, llevando siempre en alto el nombre de Malvinas.

Además, recientemente logró un récord mundial al nadar en el Corona del Inca, a más de 5.500 metros de altura, en aguas bajo cero, sin traje de neopren, solo con la fuerza de su cuerpo y el impulso de los 649 soldados que, según ella, “le soplaban en la cara”.

“Yo no soy ninguna heroína. Ellos lo son. Yo solo soy una nadadora con una promesa que cumplir: llevar la bandera lo más alto posible”, concluyó.

 

 

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