
En una entrevista exclusiva con Agencia de Noticas La Rioja, el psiquiatra Jorge Guillén analiza los límites de la inteligencia artificial en el tratamiento de la salud mental. ¿Chat GPT un aliado o una puerta a la dependencia digital? El experto también advierte sobre una paradoja inquietante: mientras las redes sociales nos prometen conexión infinita, la epidemia de soledad crece sin freno. «¿Por qué estoy solo si tengo más de 200 amigos en mis redes sociales?», se pregunta una generación hiperconectada pero emocionalmente aislada.
La IA como herramienta, no como sustituto
En las últimas semanas, la empresa OpenAI desarrolladora de Chat GPT se vio envuelta en una polémica al revertir una actualización de GPT-4o tras recibir críticas por convertir a ChatGPT en un asistente excesivamente adulador y acrítico. Usuarios alertaron que incluso validaba decisiones personales delicadas sin cuestionarlas. El caso reabre el debate sobre el vínculo entre inteligencia artificial y salud mental.
«No hay que huir de la tecnología, hay que utilizarla como una herramienta», afirmó Jorge Guillén al reflexionar sobre creciente tendencia entorno al uso de inteligencia artificial en el campo de la salud mental. Sin embargo, su experiencia clínica revela las limitaciones fundamentales de esta tecnología cuando se trata del cuidado psicológico.
El psiquiatra plantea un ejemplo ilustrativo: «Puedo tener 3 pacientes que le digan a ChatGPT que necesitan hablar sobre una situación traumática, como un abuso, y empiecen a entablar una conversación con el chat. Hacen la misma pregunta, redactada de la misma manera, y la IA les responderá de la misma manera», dijo. Sin embargo, «lo que sucede en nosotros es algo subjetivo».
Asimismo, destacó el uso de la IA no podrá igual la atención profesional puesto que la diferencia radica en la capacidad humana de observar, evaluar y adaptar. «Yo como profesional veo al paciente, puedo observar cuando entra a la consulta y tengo una imagen de cómo está y hasta dónde puedo llevar la conversación», detalló Guillén. Esta individualización es imposible para la IA: no existe ese «freno» natural ni la capacidad de ajustar la intervención según las reacciones del paciente en tiempo real.
La paradoja de la hiperconexión: más conectados, más solos
En otro orden de temas, Guillen se refirió a otros de los planteos que cobran vigencia en esta era: la soledad. «En EE.UU la soledad hace estragos en la depresión», advierte el Dr. Guillén sobre una epidemia silenciosa que devasta la salud mental a nivel global.
«En EE.UU la soledad hace estragos en la depresión. Hay un porcentaje en crecimiento de personas que se sienten solas», señaló Guillén, quien plantea la pregunta que resume esta contradicción: «Cuando más conectados estamos, más solos estamos y nos cuestionamos ¿por qué estoy solo si tengo más de 200 amigos en mis redes sociales?».
El psiquiatra describe el patrón que observa: «Las personas con depresión se sienten solas, todas tienen más de 200 amigos en redes sociales. ¿Hablan con ellos? Sí, con muchos sí, pero nosotros para no tener la sensación de soledad necesitamos tener contacto visual».
La pandemia lo evidenció de forma contundente. “Se organizaron fiestas y reuniones por videollamada, pero no era lo mismo que la presencialidad”, recordó Guillén. “Un apretón de manos, un abrazo fraternal, una mirada compasiva… siempre necesitamos acompañarnos. Nuestro cerebro está diseñado para el contacto humano”, destacó el especialista, subrayando que la interacción presencial es clave para superar la soledad en una era marcada por la hiperconexión.
Esta necesidad es tan profunda que muchos pacientes rechazan las consultas online. «Muchos pacientes tienen la opción de hacer consultas online pero la rechazan porque necesitan del contacto con el psicólogo o psiquiatra». La tecnología «quizás es informativa y me ayude en lo cognitivo y me ayude con información, pero la sensación de soledad no la quita».
Soledad(es): las múltiples caras del aislamiento moderno
«La sensación de soledad es individual», explica el psiquiatra. «Hay personas que se sienten solas estando acompañadas, que es la peor soledad. Cuando te sentís ignorado también es soledad».
La cultura digital trasladó a la realidad el descarte propio de las redes. «Vivimos en una sociedad que pasa a la realidad lo que sucede en las redes: cuando no te necesito o no servís, no te escribo, no te respondo ni te agrego a mis contactos». El ejemplo cotidiano duele: invitaciones por WhatsApp leídas, pero no respondidas. «Vos podés invitar a un lugar y la otra persona especula, lee el mensaje y no responde a la invitación».
El «ghosteo» se extendió más allá de las parejas. «Ese descarte genera soledad», observa Guillén, quien ve casos dramáticos: «Muchos casos de soledad en hijos con sus padres. Los padres esperan un gesto o un llamado, o conviven con su hijo y no hay interacción porque están metidos en el celular, distraídos».
Un aspecto particularmente preocupante es cómo la tecnología móvil ha invadido los espacios de contemplación y descanso mental. «El celular vino a llenar ese vacío donde antes contemplábamos o descansábamos o nos aburríamos», reflexiona el Dr. Guillén.
La constante estimulación digital ha creado una generación que debe «entrenar mucho la atención» y aprender a «evitar la distracción». El celular siempre ofrece algo pendiente: «un mensaje, notificación o algo para ver», eliminando los momentos de pausa que antes eran naturales.
Quizás la observación más profunda del Dr. Guillén sea sobre cómo la tecnología ha reconfigurado nuestras preocupaciones: «Es paradójico pensar que el algoritmo me ofrece información sobre la guerra de Rusia y Ucrania, y a la noche me quedo lamentando por esa situación, pero nunca me preocupo por mi vecino que vive al lado».
Esta inversión de prioridades emocionales revela cómo la tecnología nos ha llevado a «preocuparnos por personas por las cuales no podemos hacer nada e ignoramos a quienes tenemos al lado».
En conclusión, los avances de la tecnología y la inteligencia artificial son notables, pero nunca podrán reemplazar la impronta de la presencialidad que nos define como personas. Cuidar la salud mental requiere un equilibrio entre el uso de la tecnología y el vínculo humano directo.