En materia de desarrollo, no todas las herramientas sirven para todos los territorios ni en cualquier momento. Pensar la minería como un proceso exige reconocer que cada provincia transita etapas distintas, con desafíos y necesidades propias, y que los instrumentos de política pública deben dialogar con esa realidad y no imponerse como soluciones universales.

El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) fue concebido para acompañar proyectos de gran escala, con inversiones millonarias y decisiones productivas ya maduras. Es un esquema pensado para emprendimientos que han superado la etapa más incierta del camino: la exploración. Allí donde el recurso está probado y la inversión está prácticamente definida, el incentivo funciona como un empujón final.
La Rioja, en cambio, se encuentra en otro momento. Su mapa minero todavía se está dibujando. La prospección y la exploración son hoy el núcleo de la actividad, y es precisamente en esa instancia donde el riesgo es mayor y las certezas escasas. Se invierte sin saber si habrá retorno, se trabaja sobre hipótesis geológicas y se asume la posibilidad real de no encontrar nada. Pretender aplicar un régimen pensado para la última etapa del proceso a un territorio que está dando sus primeros pasos equivale a confundir los tiempos del desarrollo.
Por eso, la discusión no pasa por decir sí o no a la minería, ni por medir el compromiso con el desarrollo en función de la adhesión a un régimen específico. La verdadera pregunta es qué tipo de herramientas necesita La Rioja hoy para construir una minería posible mañana. Y la respuesta está en fortalecer la exploración, acompañar el riesgo y crear condiciones que permitan transformar potencial en conocimiento concreto.
Esa estrategia no es teórica. Durante 2025 se llevaron adelante siete proyectos de exploración y prospección minera, que abarcaron cerca de 23.800 hectáreas y tuvieron impacto directo en comunidades del interior provincial como Jagüé, Vinchina, Villa Castelli, Villa Unión y Guandacol. Allí, la minería comenzó a expresarse no como promesa abstracta, sino como movimiento económico, empleo local y presencia efectiva del Estado en territorios históricamente postergados.
Las provincias con décadas de desarrollo minero muestran hoy otra postal. Sus proyectos avanzados acceden naturalmente a esquemas pensados para grandes inversiones. Pero esos resultados no surgieron de decisiones aisladas ni de atajos normativos, sino de procesos largos, acumulativos y sostenidos en el tiempo. Comparar esas realidades con la de La Rioja sin considerar los recorridos previos es desconocer cómo se construye el desarrollo.
La Rioja eligió empezar. Eligió poner en marcha un proceso propio, acorde a su realidad productiva y territorial, construyendo bases sólidas para el desarrollo minero futuro. En ese camino, resulta también clave el rol que están cumpliendo diferentes sectores que participan activamente aportando conocimiento, formación técnica y acompañamiento científico, integrándose como corresponde a una política pública que concibe la minería como un proceso gradual, ordenado y estratégico. En desarrollo, avanzar no siempre es correr más rápido, sino iniciar el camino con planificación, consolidar cada etapa y construir condiciones reales para lo que viene.
