El 6,5% de los hogares argentinos debió acudir a un comedor comunitario en el último año para garantizar al menos una comida diaria. El dato surge del último relevamiento del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) y expone la profundización de la crisis alimentaria en el país.
El informe no solo cuantifica la magnitud del fenómeno, sino que también revela obstáculos estructurales para acceder a la ayuda. Entre las personas que atraviesan situaciones de hambre, el 20% reconoció que no solicita asistencia por vergüenza, mientras que un 40% señaló que no dispone de un comedor cercano a su domicilio.
El estudio identifica un perfil marcado de vulnerabilidad. El 77% de quienes asisten a comedores son niños, lo que ubica a la infancia como el sector más afectado por el deterioro socioeconómico. Además, el informe advierte una fuerte feminización de la pobreza. El 58% de las familias que reciben asistencia alimentaria están encabezadas por una mujer como única responsable del hogar. En estos casos, la incidencia de la necesidad asciende al 9,3%, superando el promedio general y reflejando la fragilidad de los hogares monomarentales frente a la caída de ingresos y la precarización laboral.
El relevamiento también subraya que los comedores comunitarios cumplen hoy una función que excede la entrega de alimentos. En numerosos barrios, estos espacios se han convertido en redes de contención social ante la falta de recursos estatales y la retracción del mercado laboral.
Junto con la inseguridad alimentaria, se incrementan situaciones de violencia y consumos problemáticos. En muchos casos, los comedores funcionan en viviendas particulares y son sostenidos por mujeres que, además de cocinar, ofrecen acompañamiento y escucha a niños y familias.
