Los regalos para el Día de Reyes Magos llegaron este año con subas de hasta 33% respecto a 2025, y el gasto promedio por obsequio trepa cerca de $60 mil, según un informe de la consultora Focus Market. El incremento del ticket promedio fue de 25% interanual, mientras familias enteras ajustan sus presupuestos ante una economía que parece no dar respiro.
La realidad detrás de estos números es mucho más cruda: aunque los juguetes, el rubro más elegido por los consumidores, subieron por debajo de la inflación general, los precios siguen lejos de ser accesibles para amplios sectores de la sociedad que vienen perdiendo capacidad de compra en los últimos años.
En el desglose de los productos más solicitados se advierten disparidades grotescas: desde juegos simples a $9.000 hasta robots de gran tamaño que superan los $499.000, cifras que ubican la ilusión de muchos niños fuera del alcance de miles de hogares.
El Gobierno de Javier Milei, que llegó al poder con la bandera de “domar la inflación”, celebra algunos números oficiales que muestran una desaceleración respecto a los picos astronómicos de años anteriores. Por ejemplo, informes recientes dan cuenta de que la inflación interanual rondó el 33,6% en agosto de 2025 y que durante varios meses las subas mensuales quedaron por debajo del 2%.
Sin embargo, esa narrativa de «control de precios» colisiona con la experiencia cotidiana de hogares que ven cómo alimentos, servicios y bienes esenciales consumen cada vez una porción más grande de sus ingresos. Los aumentos en juguetes siguen siendo una expresión simbólica de un fenómeno más general: el salario sigue lejos de recuperar poder adquisitivo real, y la desaceleración en las cifras no se traduce en alivio real para las clases trabajadoras.
Entretanto, economías más vulnerables siguen sintiendo los efectos de políticas que han priorizado la apertura de mercados y la desregulación, medidas que, según críticos, benefician a grandes importadores y plataformas globales mientras erosiona la producción local y la competitividad de manufacturas argentinas.
En este contexto, el Día de Reyes se convierte en un termómetro del deterioro del salario frente a los precios: regalar objetos, antes símbolo de alegría y celebración, se transforma en un ejercicio de cálculo y restricciones. Es un reflejo de una economía que, pese a indicadores oficiales más «tranquilos», no logra traducir esas cifras en bienestar concreto para la mayoría de los argentinos.
