Por Lic. Mauricio Guerrero
El Gobierno no logra recuperar la agenda, confronta con los medios y tensiona el clima político. Pero el problema ya no es quién dice la verdad, sino una realidad que se impone sola.
Pasaron más de cuatro semanas desde que estalló el escándalo que involucró al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y desde entonces el Gobierno nacional ensaya, sin éxito, distintos movimientos para recuperar la iniciativa política. Ninguno logró consolidarse.
Hubo intentos: anuncios sobre YPF, datos optimistas sobre una supuesta baja de la pobreza, paquetes de reformas prometidos para el Congreso. Pero nada alcanzó para desplazar el eje de discusión. La agenda sigue siendo esquiva.
Lejos de ordenarse, el escenario sumó un nuevo foco de tensión cuando se conoció que funcionarios, tuiteros y familiares vinculados a Martín Menem habrían accedido a préstamos millonarios en el Banco Nación. Un dato que volvió a alimentar la desconfianza en un contexto ya cargado.
Y entonces llegó el punto de inflexión. Durante el fin de semana de Pascua, el Gobierno eligió endurecer su postura y retomar un tono confrontativo, con ataques directos a periodistas de distintos signos. No hubo distinción entre medios críticos o afines. El mensaje fue general: el problema son los medios.
En ese marco se inscribe el posteo de Martín Menem, quien aseguró que más del 85% de los medios de comunicación no informan, sino que operan. La afirmación, más allá de su intención política, abre una pregunta incómoda: si el 85% miente, ¿dónde queda la verdad?

Porque hay un límite que ningún relato puede cruzar. Los precios de los combustibles, los alimentos, los servicios, la caída del empleo: todo eso no se edita. Se vive. Se paga. Se sufre. Y en esa experiencia cotidiana, millones de argentinos perciben una realidad que coincide, en gran medida, con aquello que ese 85% de los medios describe.
Ahí es donde la discusión cambia de plano.
Ya no se trata de si los medios exageran o distorsionan. Tampoco de si el Gobierno comunica mal o bien. El problema es más profundo: cuando la percepción social se alinea masivamente en una dirección, desacreditar a quien la refleja no alcanza para revertirla.
Por eso cobra sentido aquella frase: cuando todos están equivocados, todos tienen razón.
Los medios pueden tener sesgos. El Gobierno, también. Pero cuando ambos extremos coinciden (aunque sea por motivos distintos) en describir un mismo malestar, lo que aparece no es una operación, sino un síntoma.
La reacción oficial frente a esa situación parece ir en sentido contrario. En lugar de disputar la agenda con resultados concretos, opta por deslegitimar a quienes la narran. Es una estrategia conocida, pero de eficacia limitada: puede consolidar a los propios, pero difícilmente convenza a los que dudan.
La Argentina atraviesa hoy un momento donde nadie logra imponer una verdad completa. Y en ese vacío, la sociedad deja de escuchar discursos y empieza a confiar en lo único que no falla: su propia experiencia.
Negar esa realidad no la corrige. La profundiza.
