Por Mariángel Oviedo Andrada
Las primeras en llegar fueron las niñas. Con fibras de colores, cartulinas y manos pequeñas comenzaron a escribir consignas que ya forman parte de una historia colectiva. Mientras algunas dibujaban corazones violetas y carteles con reclamos de igualdad, las mujeres se reunían en la plaza con mates, abrazos y la certeza de que, once años después de aquella primera convocatoria, todavía hay razones para salir a las calles.
La marcha por Ni Una Menos volvió a reunir este miercoles a mujeres, infancias, juventudes y ciudadanos chileciteños.
La convocatoria comenzó a las 18 y, cuando el sol empezó a bajar detrás de los cerros, la marcha se puso en movimiento. Las consignas resonaron entre las calles céntricas: «Ni Una Menos», «Vivas, libres y desendeudadas nos queremos». No hubo banderas partidarias. Hubo, en cambio, una diversidad de historias, edades y trayectorias unidas por una preocupación común y una convicción compartida: los derechos se defienden ejerciéndolos.
A lo largo de la tarde, las reflexiones se entrelazaron con las experiencias personales y las demandas colectivas. Se habló de resistir en tiempos difíciles, de la necesidad de sostener espacios de encuentro y organización, y de una realidad que sigue golpeando con dureza: la violencia contra las mujeres continúa cobrando vidas y atravesando hogares, barrios y comunidades.
Pero la marcha no estuvo centrada únicamente en la denuncia. También hubo lugar para pensar en el futuro. Las infancias ocuparon un lugar especial, no como espectadoras sino como protagonistas. Los carteles que confeccionaron durante la jornada fueron mucho más que una actividad recreativa: fueron una forma de enseñar que los derechos existen porque hubo quienes lucharon por ellos y que cada generación tiene la responsabilidad de defenderlos.

En ese sentido, una de las ideas que atravesó la movilización fue que nada de lo conquistado puede darse por sentado. El derecho a vivir libres de violencia, a participar, a decidir y a ser escuchadas no son puntos de llegada definitivos, sino construcciones colectivas que necesitan ser sostenidas día tras día. Por eso la calle sigue siendo un espacio imprescindible: porque allí se hacen visibles los reclamos, pero también los vínculos, las redes y la memoria.
Durante el recorrido también se recordó a las víctimas de femicidio de La Rioja. Los nombres fueron pronunciados uno a uno. Cada nombre trajo consigo una historia interrumpida y el recordatorio de que detrás de las estadísticas hay vidas, familias y comunidades marcadas para siempre por la violencia.
Hubo críticas a la falta de políticas públicas y a las dificultades que muchas mujeres siguen encontrando al momento de denunciar o buscar protección. Sin embargo, el tono general de la jornada estuvo lejos de la resignación. La marcha fue, sobre todo, un ejercicio de presencia. Estar ahí importaba. Caminar juntas importaba. Decir en voz alta aquello que preocupa y duele importaba.
También se habló de los varones. De los amigos, compañeros, hermanos, padres e hijos. De la necesidad de que la lucha contra las violencias deje de ser una tarea exclusiva de las mujeres y encuentre eco en cada conversación donde se cuestione un chiste machista, un comentario denigrante, una imagen compartida sin consentimiento o cualquier práctica que naturalice la desigualdad. Porque la transformación cultural no ocurre solamente en las marchas: también sucede en los espacios cotidianos donde se decide qué conductas se toleran y cuáles ya no tienen lugar.
Antes de que la concentración terminara, ocurrió uno de los momentos más sencillos y más significativos de la tarde. Las mujeres se aplaudieron entre sí. No a una dirigente, no a una organización, no a una figura en particular. Se aplaudieron por haber estado. Por haber encontrado tiempo, energía y voluntad para ocupar un espacio que sigue siendo necesario.
El aplauso duró apenas unos segundos. Pero condensó algo que atravesó toda la jornada: la certeza de que, frente a la indiferencia, el miedo o el cansancio, encontrarse sigue siendo una forma de resistencia.
Y mientras la plaza comenzaba a vaciarse, quedó flotando una sensación difícil de traducir en consignas. La de saber que aún falta mucho camino por recorrer, pero que cada paso compartido hace que ese camino sea un poco menos solitario.
