Por Mariangel Oviedo Andrada
La publicación de Magnifica Humanitas, la primera encíclica del Papa León XIV, podría convertirse en uno de los acontecimientos intelectuales y políticos más importantes de los últimos años. Aunque a primera vista pueda parecer un documento estrictamente religioso, su aparición excede ampliamente el ámbito de la fe. La encíclica constituye la entrada formal de la Iglesia Católica a uno de los debates centrales del siglo XXI: quién controlará el desarrollo tecnológico y qué ocurrirá con la condición humana en una era dominada por algoritmos, automatización y sistemas de inteligencia artificial.
Lo que está en discusión no es solamente una herramienta tecnológica. Lo que está en juego es una idea de humanidad.
La elección de la fecha tampoco fue casual. Aunque Magnifica Humanitas fue presentada oficialmente este 25 de mayo de 2026, León XIV la había firmado diez días antes, el 15 de mayo, coincidiendo con el 135° aniversario de Rerum Novarum, la histórica encíclica promulgada por León XIII en 1891, aquel documento nació en medio de la revolución industrial, cuando el crecimiento de las fábricas, la concentración económica y las nuevas formas de explotación laboral transformaban profundamente la sociedad.
Con Rerum Novarum, la Iglesia intervino en una discusión que atravesaba al mundo: cómo proteger la dignidad humana frente a un modelo económico que avanzaba más rápido que las respuestas políticas. Más de un siglo después, León XIV parece identificar una situación similar.
La revolución ya no está impulsada por máquinas de vapor ni por cadenas industriales. Hoy el motor de cambio son algoritmos capaces de aprender, producir contenido, analizar comportamientos, reemplazar tareas humanas y tomar decisiones con una velocidad y una escala inéditas.
Y el Vaticano cree que la magnitud del cambio obliga a intervenir.
Francisco: el arquitecto silencioso de este proceso
Entender Magnifica Humanitas exige mirar hacia atrás. La encíclica de León XIV no nació de manera espontánea. Su origen puede rastrearse durante el pontificado de Papa Francisco, quien durante años advirtió que el desafío tecnológico no podía quedar reducido a una discusión técnica o empresarial.
Francisco fue probablemente el primer Papa en abordar la inteligencia artificial como una cuestión ética global.
Mientras gran parte del debate internacional se concentraba en productividad, innovación o desarrollo económico, Francisco insistía en una pregunta diferente: qué consecuencias tendría esta tecnología sobre la vida humana, la democracia, el trabajo y los vínculos sociales.
Su mirada partía de una preocupación central: la llamada “cultura del descarte”.
A lo largo de su pontificado sostuvo que las sociedades contemporáneas corrían el riesgo de valorar a las personas únicamente por su utilidad, eficiencia o capacidad productiva. El temor era que esa lógica, trasladada al desarrollo tecnológico, terminara ampliando desigualdades y generando nuevas exclusiones.
En distintos discursos comenzó a advertir sobre peligros que años después pasarían a ocupar el centro del debate internacional: manipulación digital, concentración de datos, vigilancia masiva, sesgos algorítmicos y automatización deshumanizante.
La preocupación fue creciendo: primero aparecieron mensajes para las Jornadas Mundiales de las Comunicaciones Sociales donde alertó sobre la degradación del diálogo público y la sustitución de relaciones humanas por interacciones mediadas exclusivamente por plataformas tecnológicas. Luego impulsó la llamada «Rome Call for AI Ethics», una iniciativa destinada a construir principios éticos para el desarrollo de inteligencia artificial.
Más tarde el Vaticano avanzó en documentos doctrinales más profundos.
Entre ellos apareció Antiqua et Nova, donde se formuló una de las ideas más importantes del pensamiento católico sobre IA: inteligencia artificial e inteligencia humana no son equivalentes.
El documento sostenía que una máquina puede imitar operaciones cognitivas, pero no posee conciencia moral, libertad, espiritualidad ni responsabilidad ética.
La diferencia parecía filosófica, pero en realidad implicaba una definición política enorme: evitar que las personas sean reducidas a datos procesables.
Finalmente, la Santa Sede creó una Comisión Interdicasterial sobre Inteligencia Artificial, una decisión inédita que convirtió el tema en una prioridad institucional permanente.
Francisco construyó el lenguaje, abrió el debate y preparó el terreno. León XIV parece haber decidido convertir ese recorrido en doctrina.

Los puntos centrales de Magnifica Humanitas
La nueva encíclica desarrolla una mirada extensa, pero algunos ejes aparecen como centrales.
La inteligencia artificial no es neutral
Uno de los planteos más fuertes sostiene que la tecnología nunca es completamente objetiva.
Los algoritmos no surgen espontáneamente: son diseñados por personas, empresas y estructuras económicas que incorporan intereses, prioridades y valores.
La encíclica cuestiona la idea de una tecnología autónoma o inevitable, y plantea una pregunta incómoda: ¿Quién programa el futuro?
La concentración del poder tecnológico
El documento advierte que pocas compañías poseen actualmente recursos suficientes para controlar el desarrollo de sistemas avanzados.
Para el Vaticano existe un riesgo concreto: que la inteligencia artificial amplifique desigualdades y genere formas inéditas de concentración de poder económico, político y cultural.
El problema no se limita a empresas tecnológicas. La preocupación es más profunda: la capacidad para influir en elecciones, consumos, opiniones y comportamientos sociales.
El trabajo humano frente a la automatización
Así como Rerum Novarum observó el impacto de las fábricas sobre los trabajadores, Magnifica Humanitas analiza la automatización contemporánea.
El documento teme nuevas formas de exclusión, precarización y desigualdad derivadas de reemplazos masivos de tareas humanas.
El trabajo es presentado no solo como medio económico sino como dimensión esencial de la dignidad humana.
Otro eje central aparece en la crítica a lo que el Vaticano denomina «paradigma tecnocrático»: una lógica que mide todo exclusivamente en términos de eficiencia, productividad y capacidad de control.
El Papa advierte que cuando la tecnología deja de estar al servicio de las personas y las personas pasan a adaptarse a las exigencias de la tecnología, se produce una inversión peligrosa.
Vigilancia y manipulación
Otro de los capítulos más fuertes aborda la utilización de inteligencia artificial para monitoreo social y control masivo.
La encíclica alerta sobre la capacidad de plataformas y sistemas digitales para modelar decisiones individuales mediante perfiles, datos y predicciones.
El Vaticano observa riesgos para la democracia misma. Sistemas capaces de personalizar información, moldear preferencias y predecir comportamientos podrían alterar procesos electorales, condicionar opiniones y erosionar la autonomía individual.
El riesgo, advierte la encíclica, es una pérdida gradual y casi imperceptible de libertad.
La guerra automatizada
El documento también propone revisar viejas categorías doctrinales vinculadas a la violencia y la guerra, advirtiendo que la inteligencia artificial puede transformar radicalmente la manera en que la humanidad entiende los conflictos armados.
León XIV dedica páginas especialmente duras a las armas autónomas.
La preocupación es ética: delegar decisiones de vida y muerte a sistemas automáticos podría reducir los límites morales frente a la violencia.
La tecnología puede volver más eficiente la guerra. Pero también podría volverla más impersonal.
La crítica al transhumanismo
Uno de los puntos más filosóficos del documento aparece en su cuestionamiento a proyectos tecnológicos que proponen superar las limitaciones biológicas humanas.
La encíclica rechaza la idea de que la fragilidad humana sea un error a corregir.
Sostiene que la vulnerabilidad, los límites y la espiritualidad forman parte de aquello que nos constituye como personas.
La propuesta más inesperada: “desarmar” la inteligencia artificial
Uno de los conceptos más llamativos de la encíclica es el llamado a «desarmar» la inteligencia artificial.
La expresión rompe con el discurso dominante que presenta el desarrollo tecnológico como una carrera inevitable donde siempre hay que avanzar más rápido.
León XIV plantea una idea distinta: no todo lo técnicamente posible debe realizarse.
La velocidad no necesariamente equivale a progreso.
El desarrollo tecnológico, sostiene el documento, necesita límites éticos, regulación internacional y responsabilidad pública.

La nueva Torre de Babel
El propio Vaticano está usando una imagen muy potente para explicar la encíclica. León XIV abre el texto diciendo que la humanidad está frente a una elección:
“Levantar una nueva Torre de Babel o construir una ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”.
Mucho más que un documento religioso
Incluso hubo un gesto poco habitual: León XIV participó personalmente en la presentación pública de la encíclica. El hecho fue interpretado como una señal clara: el Vaticano no quiere limitarse a observar la revolución tecnológica o hablar solo a los creyentes; quiere formar parte de la conversación global sobre su dirección y sus límites.
Quizás por eso Magnifica Humanitas no intenta responder únicamente qué hacer con la inteligencia artificial. Intenta responder una pregunta mucho más incómoda:
¿qué significa seguir siendo humanos en una época en la que las máquinas comienzan a parecerse cada vez más a nosotros?
Porque detrás del debate tecnológico, el Vaticano parece advertir algo más grande.
La verdadera discusión no es sobre máquinas.
Es sobre humanidad.
