El gobierno de Javier Milei atraviesa una etapa que ya no admite eufemismos: pasó de la épica antisistema a la necesidad concreta de construir poder. Y en ese tránsito, el interior del país dejó de ser un adversario discursivo para convertirse en un socio incómodo, pero imprescindible.
Sin estructura territorial propia ni mayorías legislativas, la Casa Rosada encontró en los gobernadores una tabla de salvación. Pero no se trata de un federalismo renovado ni de una alianza virtuosa. Lo que emerge es algo más crudo: un esquema de supervivencia política basado en acuerdos selectivos, donde cada voto se negocia y cada respaldo tiene precio.
NEGOCIAR O RESISTIR: EL NUEVO DILEMA DEL INTERIOR
El relato libertario de la “casta” chocó rápidamente con la realidad. Gobernar implica ceder, y Milei tuvo que aprenderlo a la fuerza. Así, los mismos gobernadores que eran señalados como parte del problema pasaron a ser piezas clave para sostener leyes, reformas y gobernabilidad.
Pero esa relación está lejos de ser simétrica. Detrás de cada acuerdo hay una lógica clara: recursos a cambio de disciplina. Transferencias, alivios financieros o gestos políticos que llegan con condiciones implícitas. Nada es gratis.
EL MODELO QUE BAJA: DEL FMI A LAS PROVINCIAS
Y es ahí donde aparece el dato más incómodo y menos dicho del modelo: muchos de estos acuerdos replican, en escala interna, la misma lógica que el Fondo Monetario Internacional le impone al gobierno nacional.
Si la Nación ajusta para cumplir metas, las provincias ajustan para no quedarse afuera del sistema.
Si el Gobierno ordena sus cuentas bajo presión externa, los gobernadores lo hacen bajo presión interna.
El resultado es un ajuste en cadena, donde la motosierra no se detiene en la Casa Rosada: baja, se ramifica y termina impactando en cada distrito.
La pregunta es inevitable:
¿es esto federalismo o una descentralización del ajuste?
GOBERNADORES: ¿ALIADOS O REHENES?
En este esquema, los mandatarios provinciales caminan por una cornisa fina. Necesitan recursos, pero pagar el costo político del ajuste en sus territorios puede ser letal. Acompañar demasiado los expone. Resistir demasiado los aísla.
Por eso negocian. Por eso tensan. Por eso, a veces, se plantan.
Porque si algo empieza a quedar claro es que el interior no quiere ser solo la extensión territorial del ajuste nacional. Y en esa tensión se juega algo más profundo que una ley o un presupuesto: se juega el equilibrio real del poder en la Argentina.
EL RIESGO DEL MODELO
El oficialismo logró, al menos por ahora, sostener gobernabilidad. Pero lo hizo trasladando costos. Y ese traslado tiene un límite: las economías regionales, las administraciones provinciales y, en última instancia, la sociedad.
Porque cuando el ajuste se vuelve sistémico, deja de ser una herramienta para convertirse en una carga estructural.
Y ahí el riesgo es otro: que el andamiaje político que hoy sostiene al gobierno termine siendo el mismo que, más adelante, le marque sus límites.
En definitiva, Javier Milei no solo está negociando con los gobernadores.
Está redefiniendo quizás sin decirlo qué tipo de federalismo quiere para el país.
Uno donde las provincias deciden…o uno donde simplemente administran lo que les toca ajustar.
Por Miguel Fleytas
