El gobierno de Javier Milei enfrenta un dilema cada vez más evidente: no es la oposición la que hoy condiciona su rumbo, sino su propia tropa. Las tensiones internas en el universo libertario dejaron de ser ruido de fondo para transformarse en un factor estructural de desgaste político.

La promesa de orden y liderazgo vertical choca con una realidad fragmentada. La Libertad Avanza, que supo capitalizar el hartazgo social, hoy exhibe fisuras profundas entre sus principales armadores. La disputa entre sectores alineados a Karina Milei y el círculo estratégico que responde a Santiago Caputo expone un problema central: falta conducción política real.
Lejos de consolidarse, el oficialismo parece atrapado en una lógica de supervivencia interna. Las diferencias no solo son de poder, sino también de estrategia electoral. Mientras algunos buscan ampliar alianzas para sostener gobernabilidad, otros insisten en una pureza ideológica que limita la expansión del espacio.
En ese contexto, la gestión queda en segundo plano. La parálisis no es solo una percepción opositora: dentro del propio ecosistema libertario reconocen dificultades para avanzar con una agenda consistente. Las disputas internas ya tienen impacto concreto en la administración diaria, afectando la capacidad de decisión y ejecución.
El problema se agrava frente al calendario electoral. Milei necesita ordenar su fuerza política para competir, pero cada movimiento expone nuevas grietas. La discusión sobre candidaturas, armado territorial y estrategia nacional no encuentra síntesis. Y en política, cuando no hay conducción, hay conflicto.
A esto se suma un dato clave: el desgaste del poder. Gobernar implica construir acuerdos, algo que el oficialismo todavía no logra dominar. El liderazgo disruptivo que lo llevó a la Casa Rosada hoy muestra límites cuando se trata de sostener cohesión interna.
Así, el dilema es claro: Milei no solo debe enfrentar la crisis económica y social, sino también una interna que erosiona su propia base. Si no logra ordenar su espacio, el riesgo no es solo electoral, sino de gobernabilidad.
Porque, al final del día, el mayor problema del gobierno libertario no está afuera. Está adentro.
Por Miguel Fleytas
