Se acerca el mundial de fútbol y me lleno de recuerdos. Hace un poco más de tres años pude disfrutar a pleno lo que se siente ser campeón del mundo (cómo olvidar los goles, los festejos y la felicidad del pueblo argentino en ese caluroso diciembre). Pero como soy una persona que forma parte del ecosistema audiovisual y, sobre todo, en gestión de Medios Públicos, no puedo dejar de hacer una reflexión clara y sentar mi idea. “El Mundial no es un gasto, es una inversión estratégica”.
En el año 2022, en el mundial de Qatar, la TV Pública Argentina demostró que se puede hacer bien. El uso de la palabra “sostenible”, muy empleada en los que hoy gestionan la cosa pública, tomó relevancia.
Se invirtieron alrededor de 8 millones de dólares en derechos de televisación. Eso significó que se podían transmitir 32 partidos, con producción propia y mirada federal. Cuando hablo de mirada federal, digo que se pudo ver por aire en todo el país a través de la TV Pública y los canales provinciales que, de manera gratuita, replicaron la señal en la Argentina profunda. El evento tomó tanta relevancia que generó ingresos publicitarios que superaron los 12 millones de dólares. El resultado de esta ecuación es simple, no solo se cubrió la inversión, sino que se construyó valor, audiencia y presencia nacional (lo que se veía en las grandes urbes, la vecina de Alto Carrizal, en el departamento Famatina, lo disfrutaba en simultáneo con la misma pasión por Canal 9).
Hoy, en 2026, el escenario es otro. La decisión comunicada por Manuel Adorni, sí, él, el Vocero, el Jefe de Gabinete, el Deslomado, el de los viajes y otras cosas que vemos a diario, reduce la participación de la TV Pública a los partidos de la Selección. Si Messi y “La Scaloneta” se iluminan, tendremos 8 chances para ver el mundial. Y ahí es donde aparece el verdadero problema, no solo porque los números de la negociación entre el Estado y la empresa que posee los derechos no son claros, sino que también el discurso del “costo cero” es engañoso, el costo existe, y peor aún, el Estado deja de capturar el valor que ese evento genera. Pensemos juntos: menos partidos es menos publicidad; menos producción es menos identidad; menos presencia es menos relevancia.
Ahora vamos a mi parecer a un punto central que muchas veces se pasa por alto: los espacios publicitarios en la TV Pública no son solo comerciales, también son herramientas de servicio. Durante eventos de alta audiencia como un Mundial, esos segundos permiten amplificar campañas de bien común, difundir políticas públicas, promover la salud, la educación, la seguridad vial y fortalecer mensajes institucionales que llegan de manera directa a millones de argentinos. Reducir esa presencia también implica perder una plataforma única de comunicación entre el Estado y el país entero.
Mientras en 2022 la TV Pública fue protagonista del relato nacional, en 2026 corre el riesgo de convertirse en un actor secundario, dependiendo de señales externas y resignando su capacidad de competir en uno de los eventos más importantes del mundo.
Y esto no es solo televisión.
Es industria audiovisual, es trabajo, es desarrollo de contenidos, es federalismo real.
En un contexto donde las plataformas globales avanzan y las audiencias se fragmentan, renunciar a la integralidad de un Mundial es resignar territorio cultural y comunicacional.
No se trata de gastar más o menos.
Se trata de entender dónde vale la pena invertir. En 2022 se invirtió y se ganó. En 2026, el riesgo es claro: no invertir… y perder mucho más que dinero.
