En la apertura del período de sesiones ordinarias del Congreso, el presidente Javier Milei volvió a priorizar la confrontación y el espectáculo por encima de una exposición rigurosa de su plan de gobierno. En un discurso atravesado por gritos, insultos y datos de dudosa procedencia, el mandatario combinó anuncios genéricos de reformas estructurales con ataques personales a la oposición, sin aportar precisiones técnicas ni diagnósticos verificables.
Acompañado por la vicepresidenta Victoria Villarruel, con quien mantiene una relación política cada vez más distante, y por el titular de la Cámara de Diputados, Martín Menem, Milei aseguró que encabeza «el Congreso más reformista de la historia» y que cuenta con el poder suficiente para enfrentar «cualquier golpe político». Sin embargo, a lo largo de toda su intervención evitó detallar los alcances reales, el impacto social o la viabilidad jurídica de las reformas anunciadas.
Reformas anunciadas, vacías de contenido
El Presidente adelantó modificaciones en el Código Civil y Comercial, una reforma tributaria orientada a «menos impuestos», una mayor apertura económica y cambios en el Código Aduanero para facilitar acuerdos internacionales. También habló de endurecer penas en el Código Penal y profundizar el sistema acusatorio en la Justicia.
No obstante, el discurso estuvo marcado por la ausencia total de precisiones: no hubo referencias concretas a proyectos en tratamiento, plazos, consensos posibles ni costos sociales. En un contexto de ajuste fiscal, caída del consumo y tensión con las provincias —incluida La Rioja— el mensaje omitió deliberadamente el impacto de las reformas sobre jubilados, trabajadores, pymes y economías regionales.
En materia educativa, Milei volvió a recurrir a la consigna del «adoctrinamiento» en los niveles inicial, primario y secundario, sin presentar estudios, estadísticas ni evaluaciones que respalden esa afirmación. Tampoco explicó cómo se financiarán eventuales cambios estructurales en un escenario de fuerte recorte presupuestario.
Ataques, insultos y polarización
Donde sí abundaron las definiciones fue en el plano de la agresión política. Milei dedicó largos pasajes a atacar a Unión por la Patria y a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, a quien volvió a descalificar con referencias a las causas judiciales de “Vialidad”, “Cuadernos” y el Memorándum con Irán, repitiendo acusaciones ya instaladas en el discurso oficial sin aportar elementos nuevos.
También mencionó al fallecido fiscal Alberto Nisman para reforzar su embestida contra el kirchnerismo por el atentado a la AMIA, en una utilización política de una causa judicial aún atravesada por controversias.
Los ataques se extendieron a diputados del Frente de Izquierda como Nicolás del Caño y Myriam Bregman, a quienes caricaturizó desde el estrado presidencial, profundizando un clima de tensión impropio de una instancia institucional clave.
Más épica, menos gestión
Milei también arremetió contra sectores empresariales a los que acusó de «prebendarios» y «cómplices del saqueo», sin identificar responsables ni anunciar medidas concretas. La retórica contra la «casta» volvió a contrastar con la realidad de un gobierno obligado a negociar con gobernadores y actores económicos para sostener su agenda legislativa.
En política exterior, reivindicó su alineamiento con el presidente estadounidense Donald Trump y llamó a «crear el siglo de las Américas», aunque evitó explicar cómo ese posicionamiento se traducirá en beneficios concretos para la Argentina o en una estrategia internacional consistente.
La apertura de sesiones dejó así una escena dominada por aplausos oficialistas y abucheos opositores, pero atravesada por la ausencia de contenido técnico y la reiteración de consignas. Más que un llamado al diálogo en un Congreso fragmentado, el discurso funcionó como una reafirmación ideológica ante su núcleo duro, mientras las reformas anunciadas siguen sin mostrar la letra chica que permita evaluar su verdadero alcance en un país social y económicamente golpeado.

